Por Edric Sánchez- CNP 27.919/ Blog Reporte Exclusivo
San Cristóbal tiene guardianes silenciosos, y Ana Berta López (Caracas, 1963) es, sin duda, la memoria visual del hecho cultural tachirense. Fotógrafa empírica, pero actriz de formación rigurosa, Ana Berta es la mente detrás de la Asociación Civil "El Ojo Memorioso", un archivo civil que desde finales de los años 90 se ha encargado de rescatar del olvido los rostros del teatro, las artes plásticas y la literatura en la frontera andina. En esta extensa conversación, la creadora nos pasea por su obsesión con el grano analógico, las vicisitudes del teatro independiente con Estudio 7 y las dos décadas de su emblemática columna "Anagrafías" en la revista Letralia, todo mientras confiesa las duras realidades técnicas de hacer cultura a pulso en el Táchira actual.
Parte I: El grano, el negativo y el nacimiento de "El Ojo Memorioso"
Pregunta: Mucha gente en el Táchira conoce tu firma y tu lente, pero pocos saben dónde comenzó todo. ¿Eres una fotógrafa de academia o te hiciste en el camino?
Ana Berta López: En cuanto a las fotografías, sí, soy autodidacta. Empírica, que llaman. Yo empecé a tomar fotos a los nueve años con una cámara Polaroid; mis primeras imágenes fueron instantáneas. Pero todo mi trabajo posterior, el grueso de mi vida, fue desarrollado con negativo. El teatro no, el teatro sí lo estudié formalmente, pero la fotografía ha sido una pasión libre, un oficio del ojo y de la práctica constante.
P: Regresas a San Cristóbal a mediados de los noventa. Es precisamente en ese momento cuando la necesidad de registrar la cultura local se vuelve una urgencia para ti. ¿Cómo nace "El Ojo Memorioso"?
A.B.L: Cuando yo me vuelvo a venir para acá para San Cristóbal, en el año 96, conozco al escritor Ernesto Román y al historiador Luis Hernández. En el 97, Luis se estaba estrenando como director de Cultura del estado y se inauguró la Sala Canta Pirulero, en la parte de arriba del Ateneo de San Cristóbal. Hablando con Luis, que al fin y al cabo era historiador, él siempre comentaba: "Ay, en tal año vino no sé quién a hacer tal obra, en tal año pasó aquello...". Y yo siempre le preguntaba: ¿Pero y de eso hay foto? Y la respuesta siempre era un rotundo "No, no y no".
Ahí me di cuenta del vacío. Entonces empecé a guardar mis negativos y mis fotos de los eventos culturales. Si bien yo hacía fotos sociales para vivir, paralelamente registraba toda la movida cultural y la guardaba a modo de memoria. Por ahí empezó todo esto que hoy llamamos "El Ojo Memorioso".
P: Eres una defensora radical de la fotografía analógica en una era absolutamente digitalizada. ¿Por qué ese rechazo al píxel?
A.B.L: Yo respeto la fotografía digital, entiendo perfectamente el tema de la inmediatez y todo lo que tú quieras, pero no me gusta. No me gusta por dos razones fundamentales. Por un lado, está la fragilidad: si a ti se te daña el disco duro, el teléfono, la computadora o el pendrive donde tenías guardado aquello, adiós, se murió esa foto, ya no existe. Por el otro lado, está la estética y la verdad de la imagen: la imagen de píxel no tiene la profundidad visual que te da el grano de la fotografía analógica. Nunca te va a dar la misma nitidez, la misma intensidad visual, jamás. Así tengas la cámara de la generación del año 3000. Lo que tiene la magia para captar la esencia del ser que estás fotografiando, que viene impregnado en un negativo, no lo tiene una cámara digital.
P: ¿Crees entonces que lo digital está condenado a desaparecer físicamente mientras el negativo resiste?
A.B.L: A las pruebas me remito. Tú un negativo lo guardas bien y ahí lo vas a tener eternamente. Mira los negativos en vidrio del siglo XIX. Hay un fotógrafo brasileño [Marc Ferrez] que a mediados del siglo XIX fotografió Río de Janeiro consecutivamente; iba cada cierto tiempo y retrataba la misma esquina, la misma calle, y guardaba esas placas de vidrio. Hoy en día las han ido digitalizando y tú puedes ver la historia de cómo creció esa ciudad a partir de un soporte físico. Eso no lo podrás hacer nunca con una fotografía digital, así la guardes en la nube, en el universo o en la galaxia. Eso no va a pasar. Yo estoy esperando que nos modernicemos como el resto del mundo, donde la foto analógica está de vuelta: mandas a revelar tu negativo, te entregan el físico y te lo digitalizan al mismo tiempo. Eso es válido por la inmediatez, pero el negativo como respaldo es incomparable.
Parte II: Las tablas andinas y la resistencia de Estudio 7
P: Mencionabas que el teatro, a diferencia de la fotografía, sí lo estudiaste. Te formaste en Caracas en una época dorada de las tablas venezolanas. ¿Cómo fue esa escuela?
A.B.L: Yo estudié teatro en Caracas en el Instituto de Formación Artística (IFAR). En ese entonces no era a nivel universitario como lo que vino después con el IUDET, sino que uno salía de allí como un "obrero del teatro". Podías ser actor, asistente de dirección, de vestuario o de escenografía, o podías escribir obras. Nos daban una formación súper recontra mega ultra archicompleta. En dos años veías actuación, dirección, dicción, apoyos conceptuales, historia del teatro, escenografía, musicalización... y con puros maestros que eran "cuarto bate". Mi profesor de actuación fue mi nunca suficientemente llorado ni bien ponderado Luis Márquez Páez, una gloria del teatro venezolano. También estaban Omar Gonzalo, Carlos Herrera, Raquel Molina, Armando Gota, David de los Reyes o Salitas en escenografía. Si tú no aprendías ahí, era porque sencillamente no servías para eso. Hice algo de teatro allá y cositas chiquiticas en televisión, en Radio Caracas Televisión (RCTV). Cuando regreso al Táchira en el 96, aunque me crié aquí, estaba muy desvinculada del hecho cultural local, así que decidí meterme de lleno, conocer a la gente, y ahí es donde me encuentro con Alfredo Aparicio.
P: Tu relación con Alfredo Aparicio es una de las duplas artísticas más fraternas y duraderas de la región. ¿Cómo ha marcado tu vida?
A.B.L: Ay, a Alfredo yo lo quiero muchísimo, somos amigos muy, muy allegados. Lo conocí formalmente como en el año 98. Las primeras fotos que yo le hice fueron precisamente en el año 98 o 2001, cuando él montó El coleccionista de almas preciosas aquí en el Ateneo; creo que todavía guardo el programa de mano de esa puesta en escena. Hemos hecho una amistad hermosa junto a todo el grupo de Estudio 7.
P: Con Alfredo has impulsado con mucha fuerza el formato de las lecturas dramatizadas. ¿Por qué apostar por este formato en lugar de una puesta en escena tradicional?
A.B.L: Ambos somos fans absolutos de José Ignacio Cabrujas, uno de los intelectuales más grandes de Venezuela. Hace como veinte años hicimos una lectura dramatizada de El día que me quieras en el Ateneo para conmemorar su aniversario luctuoso, y el año pasado nos afincamos duro con ese formato. ¿Por qué? Porque en un país donde la economía está tan colapsada, tú no te puedes poner a montar una obra grande, con una gran escenografía y vestuario para un clásico —como La casa de Bernarda Alba, por ponerte un ejemplo—. Requiere una inversión de dinero enorme y, si no tienes un patrocinante o un público garantizado que te pague lo que vale la entrada, la gente no va.
Lamentablemente, aquí la gente va mayormente al teatro de comedia o al Stand-up —que aclaro, el Stand-up son unipersonales, no es teatro formal—. En Caracas hubo una época con teatros serios como el Alberto de Paz y Mateos o el Teatro Nacional, y estaba el Teatro Chacaíto para la comedia picaresca. Aquí el público busca más el estilo de Teatro Chacaíto. El teatro intenso, seria, cuesta más que la gente lo asista. Por eso hacemos lecturas dramatizadas: es una manera de llevar teatro serio al público sin un gasto que te rompa el bolsillo.
P: Pero ustedes no se limitan a sentarse a leer con el papel en la mano. Han creado una propuesta distinta.
A.B.L: Exacto, hemos hecho unos híbridos muy interesantes. Presentamos dos obras de Cabrujas: El acto cultural y El día que me quieras. Normalmente, una lectura dramatizada es como Los monólogos de la vagina, las actrices sentadas leyendo. Nosotros hicimos un híbrido donde sí nos movíamos en escena; entrábamos, salíamos y hacíamos desplazamientos como una puesta en escena normal, pero con el libreto en la mano. Todos vestidos de negro, con un mínimo de escenografía, ambientando por ejemplo la sala de las hermanas Ancízar. Afortunadamente, nos fue bastante gente.
P: ¿Cómo sobrevive una agrupación como Estudio 7 hoy en San Cristóbal?
A.B.L: Estudio 7 sigue montando sus obras, moviéndose todo el tiempo, a pesar de que no recibe ayuda de nadie, de ninguna institución. El dinero que se maneja en Estudio 7 es estrictamente la taquilla, los talleres y las clases de formación que se dictan. Yo sigo actuando ahí, claro que sí. Lo que pasa es que por diversas cosas de la dinámica local nos tocó parar un buen rato; a veces nos detienen cosas tan particulares como el tema de los terremotos y las emergencias, o el fútbol, que paraliza la ciudad. Pero ya estamos retomando las obras, como un compendio de sainetes de Humberto Orsini titulados Cuentos de papelón.
Parte III: 20 años de "Anagrafías" y la precariedad de la gestión a pulso
P: Además de la fotografía y el teatro, está tu faceta como escritora y entrevistadora en la revista Letralia con tu columna Anagrafías, que ya cumplió dos décadas. ¿Cómo nació ese espacio?
A.B.L: Yo soy una lectora viciosa; la lectura ha sido uno de mis grandes vicios en la vida. Como decía Goethe, todo buen lector termina siendo escritor. Yo siempre sentía la curiosidad de saber cómo pensaba la persona que escribía esas historias que me gustaban o que me disgustaban. En el año 2004, durante el Encuentro Binacional de Escritores, conocí a Jorge Gómez Jiménez, el director de la revista Letralia. Hablando con él, le sugerí que debería hacerle una entrevista a un escritor para indagar en su pensamiento, y Jorge me miró y me dijo: “¿Y por qué no haces esas entrevistas tú?”.
Acepté el reto. Él fue quien le puso el nombre a la columna. Como la foto la tomo yo, la entrevista la hago yo y el texto lo escribo yo... pues son los escritos de Ana, es decir, Anagrafías. Por allí han pasado firmas enormes: venezolanos como Juan Calzadilla, Sonia Chocrón, Ernesto Román, Eloi Yagüe, Javier Vidal; e internacionales como el poeta iraquí Nuar Al-Ghazani, o los colombianos Antonio María Flórez, Octavio Escobar y Triunfo Arciniegas.
P: Tienes un banco de entrevistas importantísimo, pero has comentado que actualmente el ritmo de publicación ha tenido que frenarse por razones técnicas muy crudas. ¿Cuál es tu situación actual para procesar este archivo?
A.B.L: Tengo un rato que no subo nada y tengo un montón de entrevistas aguantadas que voy sacando muy poco a poco por un problema fundamental: no tengo computadora. Llevo ya como dos años sin computadora propia. Vengo trabajando aquí en el Ateneo con la computadora de la institución, y claro, eso dificulta muchísimo el flujo de trabajo para procesar, transcribir y sacar el material a la luz. Es la realidad de muchos de nosotros. Además, formo parte del libro Hacedoras de la editorial Lector Cómplice, una antología de mujeres escritoras venezolanas donde mi texto es el número 13 del primer tomo. El material está, las ganas están, pero las limitaciones técnicas pesan.
P: Recientemente llevaste parte de este archivo de "El Ojo Memorioso" al Museo de Artes Visuales y del Espacio (MAVET). ¿Cómo fue esa experiencia de curaduría?
A.B.L: Hice un taller de museología con Belkis Candiales y, junto a dos compañeras de equipo, decidimos tomar parte de mi stock de memoria —tanto fotos como catálogos históricos— para montar una exposición en el MAVET. Sin embargo, allí también topamos con la realidad institucional: debido a la precariedad del museo en cuanto a vitrinas y mobiliario de exposición, solo pudimos mostrar 10 catálogos de la gran cantidad que tengo guardada, porque no había condiciones de seguridad óptimas para protegerlos. A pesar de eso, logramos exponer cerca de 40 fotografías que muestran el hecho cultural tachirense desde 1996 hasta la fecha. Es un paseo necesario por los rostros de nuestra identidad artística.
P: Para cerrar, Ana Berta: has recibido reconocimientos como el de la Alcaldía de San Cristóbal, pero no eres una artista que busque diplomas ni grandes premios. ¿Cuál es el verdadero reconocimiento para ti?
A.B.L: Premios o menciones institucionales no tengo, más allá de ese reconocimiento de la alcaldía que ahora les dan a los creadores. Pero en realidad, eso no es lo que busco. Mi pasión es el arte, ha sido mi vida entera. El verdadero premio para mí es saber que, cuando alguien se pregunte en el futuro qué se hacía, quiénes cantaban, quiénes actuaban o quiénes escribían en el Táchira a finales del siglo XX y principios del XXI, habrá un negativo bien guardado, un grano de plata nítido y una crónica escrita que les dirá: aquí estuvimos, y esto fue lo que creamos.
.jpg)