Páramo de los Conejos: la fábrica de agua y mitos que sostiene a Mérida


A 3600 metros sobre el nivel del mar, en la Sierra de la Culata, una veintena de familias custodia una fábrica natural de agua indispensable para la ciudad. Entre frailejones, caminos reales y lagunas encantadas, la comunidad de La Cañada resiste al aislamiento mientras impulsa un turismo comunitario y ecológico.

Texto y fotos: Delsy Mora

  Son las seis de la mañana en Manzano Alto, municipio Campo Elías del estado Mérida. Ráfagas de aire helado golpean los rostros, pero la travesía apenas comienza. Wilmer Rojo, nuestro guía, nos espera con sus mulas y caballos para emprender un exigente ascenso de ocho horas hacia el Páramo de Los Conejos, en el Parque Nacional Sierra de la Culata (oficialmente Parque Nacional Dr. Antonio José Uzcátegui Burguera). El destino final está fijado a 4.300 metros sobre el nivel del mar, en la vivienda de su abuelo paterno, don Claudio Rojo, ubicada frente al imponente Pico El Campanario.

Para nuestro grupo de cinco aventureros, acostumbrados al bullicio citadino, las pantallas y las redes sociales, la travesía implica sumergirse en un viaje de introspección y silencio. El relieve escarpado impone sus reglas: senderos estrechos y empinados que dejan muy poco márgen para el descanso.

A las tres horas de camino, una parada obligada en Las Canalejas permite recuperar el aliento y desayunar. Esto no es sólo un punto de paso: alberga el acueducto rural e hidrológico de la cordillera que alimenta ríos  como el Albarregas y surte de agua potable a más de cuarenta comunidades de los municipios Campo Elías y Libertador.

El Páramo de Los Conejos  es  un paisaje grandioso, literalmente, una fábrica viva de agua de la que dependen las zonas bajas y urbanas de Mérida.

 Misticismo y resistencia a cuatro grados bajo cero

A medida que ganamos altura, el bosque nublado cede paso a la vegetación típica del páramo. Los antiguos Caminos Reales, trazados a pico y pala por los propios pobladores, se vuelven resbaladizos. El barro y la inclinación hacen desfallecer por momentos a las mulas y caballos de Wilmer; en una de las pendientes, el peso y el terreno fangoso terminan por enviarnos al suelo sin mayores consecuencias.

El esfuerzo físico se paga con una estampa panorámica de valor incalculable. Ante la vista se despliega una inmensa diversidad de frailejones y entre la vegetación, se avista el paso esporádico de un conejo silvestre o un zorro guanche, parte de la riqueza biológica de este ecosistema.

Al iniciar el descenso hacia el ansiado valle nos recibe la casa de don Claudio Rojo y su hijo Kike, agricultor y pescador de truchas. A sus más de 85 años y descendiente de la etnia Mirripuy, don Claudio es considerado una autoridad moral y patrimonio viviente de la cultura Tatuy. En sus años mozos, recorría la ciudad de Mérida vendiendo plantas medicinales recolectadas en los alrededores de parajes míticos como las lagunas de "Los Puentes" o "Las Iglesias".

En el Páramo de Los Conejos, la naturaleza y la cosmogonía indígena van de la mano. La regla de oro para cualquier caminante, transmitida oralmente de generación en generación, es el silencio absoluto al aproximarse a los espejos de agua.

“A las lagunas no se les puede gritar ni alterar su tranquilidad” —advierte don Claudio—. Todas están encantadas y tienen temperamento propio. Si las molestas, la neblina baja de repente para confundir al caminante hasta perderlo, borrando los senderos y haciendo que la gente camine en círculos bajo un frío congelante.

Estas leyendas locales sirvieron como testimonio oral directo para que el profesor e investigador Julio Carrillo escribiera y publicara su obra Por ahí cuentan que…y llevara en cruzada por todo el país al señor Claudio para la presentación de su libro.

La paradoja de un aislamiento

En la aldea La Cañada residen apenas unas 20 familias, alrededor de 80 habitantes en total, descendientes de una cuarta generación de pobladores que emigró a la zona desde Pueblo Llano. Su vida transcurre en medio de una profunda desconexión geográfica y serias limitaciones de infraestructura. Para adquirir alimentos, recibir atención médica o acceder a niveles superiores de educación, los vecinos deben bajar hasta Manzano Alto.

La ausencia de vías agrícolas adecuadas encarece el transporte y reduce drásticamente el márgen de ganancia de los agricultores locales, obligándolos a depender de la siembra de papa, el trueque y la solidaridad vecinal para subsistir. Pese al aislamiento histórico, el progreso ha llegado en pequeñas dosis: desde el año 2013, la comunidad cuenta con un sistema de energía eólica y solar que transformó su vida cotidiana al garantizarles electricidad.

En medio de este entorno bucólico, las instituciones locales sobreviven gracias al compromiso personal. El maestro Jaime Mejías dirige la escuela local, donde cumple una labor titánica para impartir clases a una matrícula de 20 estudiantes, quienes caminan durante horas entre la neblina para no perder sus lecciones.

En el área de salud y hospitalidad destaca "el señor Chencho", enfermero de la aldea y memoria viva de la zona, quien adecuó su hogar para transformarlo en la mucuposada Frailejón de los Andes. Junto a él trabaja su nieto Gilbert, un joven que no nació en la cumbre pero cuyo arraigo es rotundo: "Yo no nací allá, pero quiero morir aquí", afirmó tiempo atrás en una entrevista concedida al programa Valen de Viaje. Gilbert hoy ejerce como guía local, ofreciendo recorridos por los monumentos naturales del sector.

Pude observar y sentir que la percepción del tiempo en la montaña es distinta. Quienes habitan el páramo coinciden en un pensamiento común: "La vida de abajo es muy diferente a la de aquí; a uno aquí se le alarga más la vida"’, comentó Claudio..

Laboratorio biológico y modelo de turismo sustentable

Más allá de su valor cultural, el Páramo de Los Conejos resguarda un patrimonio ecológico vivificante. Especialistas, biólogos y guardabosques de Inparques coinciden en que este sector del norte de la Sierra Nevada  representa uno de los últimos reductos de refugio para el oso frontino (Tremarctos ornatus), especie en peligro de extinción, además de albergar un suelo de origen glacial con una biodiversidad que lo convierte en un laboratorio científico viviente.

Pese a sus atributos naturales, que incluyen desde corredores y cuevas hasta senderismo de alta montaña de clase mundial,  esta franja de la cordillera no ha sido explotada turísticamente al mismo nivel que otros sectores andinos. Para sus pobladores, potenciar el Valle de Las González y el Páramo de Los Conejos como destino de turismo sustentable no representa solo una alternativa económica, sino una garantía de conservación para sus humedales.

La comunidad coincide en la necesidad de implementar un modelo ordenado: senderos estrictamente regulados, capacitación técnica para los guías locales y una normativa estricta que prohíba el ecocidio generado por vehículos motorizados. La meta es clara: convertir el turismo comunitario en la principal bandera de sustento para una población que se niega a abandonar sus raíces.

Mientras las grandes masas de visitantes aún no irrumpen en este rincón de Mérida, el Páramo de Los Conejos permanece imperturbable. Protegido por el viento helado, la silueta silenciosa de miles de frailejones y el misterio de sus lagunas encantadas, el páramo sigue cumpliendo su rol milenario: custodiar el agua y la memoria ancestral de los Andes venezolanos.